martes, 31 de diciembre de 2024

LOS POETAS DEL BARRIO

27 de diciembre

En la esquina donde el café Santos agoniza, el tiempo no pasa: se desmorona. Desde la ventana empañada se distinguen las luces temblorosas de la avenida, los coches atrapados en la lluvia, y más allá, como un espectro que pocos parecen notar, la figura del edificio en ruinas que todos en el barrio llaman «el Horizonte». Su nombre, pura ironía, porque no ofrece más perspectiva que la de su colapso inminente. Sus muros son un esqueleto de cemento sobre el que alguien, con urgencia feroz, pintó un grafiti: «Estuvimos aquí». Las letras, torcidas y enormes, son un grito clavado en la pared.

León asegura que ese grafiti lo hizo un poeta. Dice también que alguna vez lo conocimos, que incluso compartimos tragos con él en este mismo café. Ni Ulises ni yo recordamos nada de eso. León insiste en que el grafiti no es un simple acto de rebeldía juvenil. No, según él es un manifiesto. ¿De qué? Nunca acaba por explicarlo. León tiene la manía de hablar como si conociera verdades secretas, siempre dejando algo a medias, como si nos hiciera un favor al ocultar detalles.

Hoy, mientras bebíamos café aguado y debatíamos la mejor manera de colarnos en el edificio antes de que lo demolieran, alguien entró al café dejando un rastro de lluvia en el piso. Era un hombre alto, envuelto en un abrigo gris. Lucía una cicatriz en el cuello que se ramificaba como un mapa secreto. Se sentó en la barra y pidió un brandy. Eran las diez de la mañana. Ulises dijo que era un inspector del gobierno; León aseguró que era un poeta.

¿Por qué un poeta? —pregunté.

Por la cicatriz. ¿Qué otra cosa puede ser?

León tiene teorías para todo. Dice que los poetas llevan cicatrices porque se las hacen ellos mismos, con palabras, con noches en vela, con amores que no soportan el peso de sus propios sueños. Dice que no hay poeta sin una herida, visible o no, y que el grafiti en el edificio lo confirma. Cuando le pregunté si él mismo tenía alguna cicatriz, desvió la conversación con una sonrisa que no supe interpretar.

Texto e imagen: Nitrofoska
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28 de diciembre

El Horizonte, según los rumores, será demolido el próximo lunes. No queda mucho tiempo. Ulises dice que es una pérdida absurda; León lo llama una tragedia. Yo pienso que es inevitable, como todo en esta ciudad que devora su pasado a mordiscos lentos pero constantes. Aun así, hemos decidido entrar hoy al edificio.

El café estaba casi vacío. León llegó tarde, como siempre, con el pelo revuelto y el abrigo empapado. Ulises ya estaba ahí, absorto en un libro pequeño que decía haber tomado «prestado» de un vendedor ambulante. Nunca paga por libros, dice que la poesía no debería tener un precio. Cuando León se sentó, le arrebató el libro de las manos y lo hojeó con la curiosidad impertinente de un niño desarmando un juguete.

Esto es basura —declaró.

Es de un poeta de verdad —replicó Ulises.

¿Qué significa ser un poeta de verdad? —pregunté, sin esperar respuesta.

León dejó el libro sobre la mesa, tan cerca de mi taza que las gotas del borde lo alcanzaron. Se inclinó hacia nosotros con la mirada encendida, como si estuviera a punto de revelarnos un secreto que llevaba mucho tiempo guardando.

Hoy entramos al Horizonte. Si no lo hacemos ahora, no lo haremos nunca.

El café de pronto quedó en silencio. Al fondo, en la radio, sonaba una canción vieja que hablaba de caminos y despedidas. Ulises asintió primero. Yo también. León sonrió como si acabara de vencer en un juego cuyo resultado le es indiferente.

Nos levantamos juntos, dejando unas monedas en la mesa. Afuera, la lluvia persistía. La calle olía a tierra mojada y a algo más, algo que en aquel momento no supe identificar pero que ahora reconozco: el olor de los recuerdos que están a punto de ser enterrados.

El Horizonte, visto de cerca, es menos majestuoso de lo que imaginaba. Desde fuera parece un titán abatido, pero por dentro no es más que un esqueleto hueco, un eco de algo que alguna vez tuvo vida. Las paredes están cubiertas de símbolos que no alcanzo a descifrar: rituales de furia, quizá, o de desesperación. León caminaba delante, guiado por un rastro invisible. Ulises soltaba maldiciones cada vez que el suelo crujía.

Llegamos a una sala amplia, oscura, con un ventanal roto que dejaba entrar la luz gris de la tarde. El aire estaba cargado de humedad y un olor indefinible, una mezcla de polvo y algo que no pude identificar. León encendió una linterna. En el centro de la sala, destacaba un círculo dibujado con pintura roja. Dentro del círculo había un cuaderno. León se inclinó para recogerlo, pero la mano de Ulises lo detuvo en seco.

No toques nada. Esto no es un juego —dijo con firmeza.

León lo ignoró. Con una sonrisa casi infantil, tomó el cuaderno y comenzó a leer en voz alta. Las palabras, caóticas y delirantes, rebotaron contra las paredes. Ulises lo observaba con desconfianza. Yo me quedé quieto, atrapado entre el deseo de huir y la imposibilidad de hacerlo.

Cuando León terminó de leer, el silencio se hizo denso, nos faltó el aire. Ulises fue el primero en respirar.

¿De quién es esto? —preguntó, con la voz más baja de lo habitual.

León cerró el cuaderno y lo guardó en su mochila. Luego nos miró a ambos, con una sonrisa que no supe interpretar.

Es nuestro —dijo.

No encontramos al poeta. Solo rastros: cenizas de cigarro, marcas de vasos en las superficies corroídas por el tiempo. León se dedicó a inspeccionar cada detalle, como si pudiera hallar respuestas en las quemaduras dispersas. Ulises, en cambio, buscaba algo concreto entre los papeles desparramados por el suelo. Yo me quedé junto al ventanal roto, mirando cómo la ciudad vivía indiferente, ajena al naufragio de aquel espacio.

Tal vez nunca existió —dije, más para mí mismo que para ellos.

No digas estupideces —respondió León sin alzar la vista.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Pero entonces, Ulises encontró algo: una libreta, maltratada por el tiempo, con las esquinas dobladas y manchas de café. En la primera página, con letras tambaleantes, se leía: «Esto no es poesía. Es todo lo que me queda».

León leyó esas palabras en voz alta, como si cargaran el peso de un epitafio. Luego, cerró la libreta con cuidado y la dejó sobre la mesa. Se levantó, y sin mirar a nadie, dijo simplemente:

Ya basta.

Salimos en silencio. Afuera, la lluvia había cesado, pero el aire seguía cargado de humedad. Caminamos sin rumbo fijo, sin decir nada, sin hablar.


1 de enero

El Horizonte cayó el lunes. Entre la multitud, algunos miraban con morbo, otros con una nostalgia inexplicable. León no apareció. Ulises y yo observamos cómo los muros se desmoronaban entre nubes de polvo y se elevaban al cielo como un lamento, intentando escribir en el viento algo que nadie parecía capaz de leer: «Estuvimos aquí».

Ulises, con los ojos fijos en el vacío que dejó el edificio, murmuró:

No se ha borrado. Sigue ahí.

Por un momento, creí que era cierto. Aún lo creo.

©Nitrofoska

Otros relatos:
EL EXPERIMENTO
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LOS POETAS DEL BARRIO

27 de diciembre

En la esquina donde el café Santos agoniza, el tiempo no pasa: se desmorona. Desde la ventana empañada se distinguen las luces temblorosas de la avenida, los coches atrapados en la lluvia, y más allá, como un espectro que pocos parecen notar, la figura del edificio en ruinas que todos en el barrio llaman «el Horizonte». Su nombre, pura ironía, porque no ofrece más perspectiva que la de su colapso inminente. Sus muros son un esqueleto de cemento sobre el que alguien, con urgencia feroz, pintó un grafiti: «Estuvimos aquí». Las letras, torcidas y enormes, son un grito clavado en la pared.

León asegura que ese grafiti lo hizo un poeta. Dice también que alguna vez lo conocimos, que incluso compartimos tragos con él en este mismo café. Ni Ulises ni yo recordamos nada de eso. León insiste en que el grafiti no es un simple acto de rebeldía juvenil. No, según él es un manifiesto. ¿De qué? Nunca acaba por explicarlo. León tiene la manía de hablar como si conociera verdades secretas, siempre dejando algo a medias, como si nos hiciera un favor al ocultar detalles.

Hoy, mientras bebíamos café aguado y debatíamos la mejor manera de colarnos en el edificio antes de que lo demolieran, alguien entró al café dejando un rastro de lluvia en el piso. Era un hombre alto, envuelto en un abrigo gris. Lucía una cicatriz en el cuello que se ramificaba como un mapa secreto. Se sentó en la barra y pidió un brandy. Eran las diez de la mañana. Ulises dijo que era un inspector del gobierno; León aseguró que era un poeta.

¿Por qué un poeta? —pregunté.

Por la cicatriz. ¿Qué otra cosa puede ser?

León tiene teorías para todo. Dice que los poetas llevan cicatrices porque se las hacen ellos mismos, con palabras, con noches en vela, con amores que no soportan el peso de sus propios sueños. Dice que no hay poeta sin una herida, visible o no, y que el grafiti en el edificio lo confirma. Cuando le pregunté si él mismo tenía alguna cicatriz, desvió la conversación con una sonrisa que no supe interpretar.

Texto e imagen: Nitrofoska
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28 de diciembre

El Horizonte, según los rumores, será demolido el próximo lunes. No queda mucho tiempo. Ulises dice que es una pérdida absurda; León lo llama una tragedia. Yo pienso que es inevitable, como todo en esta ciudad que devora su pasado a mordiscos lentos pero constantes. Aun así, hemos decidido entrar hoy al edificio.

El café estaba casi vacío. León llegó tarde, como siempre, con el pelo revuelto y el abrigo empapado. Ulises ya estaba ahí, absorto en un libro pequeño que decía haber tomado «prestado» de un vendedor ambulante. Nunca paga por libros, dice que la poesía no debería tener un precio. Cuando León se sentó, le arrebató el libro de las manos y lo hojeó con la curiosidad impertinente de un niño desarmando un juguete.

Esto es basura —declaró.

Es de un poeta de verdad —replicó Ulises.

¿Qué significa ser un poeta de verdad? —pregunté, sin esperar respuesta.

León dejó el libro sobre la mesa, tan cerca de mi taza que las gotas del borde lo alcanzaron. Se inclinó hacia nosotros con la mirada encendida, como si estuviera a punto de revelarnos un secreto que llevaba mucho tiempo guardando.

Hoy entramos al Horizonte. Si no lo hacemos ahora, no lo haremos nunca.

El café de pronto quedó en silencio. Al fondo, en la radio, sonaba una canción vieja que hablaba de caminos y despedidas. Ulises asintió primero. Yo también. León sonrió como si acabara de vencer en un juego cuyo resultado le es indiferente.

Nos levantamos juntos, dejando unas monedas en la mesa. Afuera, la lluvia persistía. La calle olía a tierra mojada y a algo más, algo que en aquel momento no supe identificar pero que ahora reconozco: el olor de los recuerdos que están a punto de ser enterrados.

El Horizonte, visto de cerca, es menos majestuoso de lo que imaginaba. Desde fuera parece un titán abatido, pero por dentro no es más que un esqueleto hueco, un eco de algo que alguna vez tuvo vida. Las paredes están cubiertas de símbolos que no alcanzo a descifrar: rituales de furia, quizá, o de desesperación. León caminaba delante, guiado por un rastro invisible. Ulises soltaba maldiciones cada vez que el suelo crujía.

Llegamos a una sala amplia, oscura, con un ventanal roto que dejaba entrar la luz gris de la tarde. El aire estaba cargado de humedad y un olor indefinible, una mezcla de polvo y algo que no pude identificar. León encendió una linterna. En el centro de la sala, destacaba un círculo dibujado con pintura roja. Dentro del círculo había un cuaderno. León se inclinó para recogerlo, pero la mano de Ulises lo detuvo en seco.

No toques nada. Esto no es un juego —dijo con firmeza.

León lo ignoró. Con una sonrisa casi infantil, tomó el cuaderno y comenzó a leer en voz alta. Las palabras, caóticas y delirantes, rebotaron contra las paredes. Ulises lo observaba con desconfianza. Yo me quedé quieto, atrapado entre el deseo de huir y la imposibilidad de hacerlo.

Cuando León terminó de leer, el silencio se hizo denso, nos faltó el aire. Ulises fue el primero en respirar.

¿De quién es esto? —preguntó, con la voz más baja de lo habitual.

León cerró el cuaderno y lo guardó en su mochila. Luego nos miró a ambos, con una sonrisa que no supe interpretar.

Es nuestro —dijo.

No encontramos al poeta. Solo rastros: cenizas de cigarro, marcas de vasos en las superficies corroídas por el tiempo. León se dedicó a inspeccionar cada detalle, como si pudiera hallar respuestas en las quemaduras dispersas. Ulises, en cambio, buscaba algo concreto entre los papeles desparramados por el suelo. Yo me quedé junto al ventanal roto, mirando cómo la ciudad vivía indiferente, ajena al naufragio de aquel espacio.

Tal vez nunca existió —dije, más para mí mismo que para ellos.

No digas estupideces —respondió León sin alzar la vista.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Pero entonces, Ulises encontró algo: una libreta, maltratada por el tiempo, con las esquinas dobladas y manchas de café. En la primera página, con letras tambaleantes, se leía: «Esto no es poesía. Es todo lo que me queda».

León leyó esas palabras en voz alta, como si cargaran el peso de un epitafio. Luego, cerró la libreta con cuidado y la dejó sobre la mesa. Se levantó, y sin mirar a nadie, dijo simplemente:

Ya basta.

Salimos en silencio. Afuera, la lluvia había cesado, pero el aire seguía cargado de humedad. Caminamos sin rumbo fijo, sin decir nada, sin hablar.


1 de enero

El Horizonte cayó el lunes. Entre la multitud, algunos miraban con morbo, otros con una nostalgia inexplicable. León no apareció. Ulises y yo observamos cómo los muros se desmoronaban entre nubes de polvo y se elevaban al cielo como un lamento, intentando escribir en el viento algo que nadie parecía capaz de leer: «Estuvimos aquí».

Ulises, con los ojos fijos en el vacío que dejó el edificio, murmuró:

No se ha borrado. Sigue ahí.

Por un momento, creí que era cierto. Aún lo creo.

©Nitrofoska

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lunes, 30 de diciembre de 2024

¡FELIZ 2025!

¡Feliz Año Nuevo, androides!

Imagen: Nitrofoska
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¡FELIZ 2025!

¡Feliz Año Nuevo, androides!

Imagen: Nitrofoska
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viernes, 27 de diciembre de 2024

DEJEN DE SER TAN PENDEJOS

Buenos días, humanoides, no me sean tan pendejos.

Viñeta: Absurda Melancolía
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DEJEN DE SER TAN PENDEJOS

Buenos días, humanoides, no me sean tan pendejos.

Viñeta: Absurda Melancolía
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jueves, 26 de diciembre de 2024

BAILARSE

Hola, androides. A bailarse.

Foto: Desconocidx
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BAILARSE

Hola, androides. A bailarse.

Foto: Desconocidx
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lunes, 23 de diciembre de 2024

UN CUENTO DE NAVIDAD

La fotografía llegó en un sobre ordinario, sin remitente, con mi dirección escrita a mano. Era un sobre corriente, de esos que parecen cargados de facturas o propaganda, lo abrí sin mucho interés. Al principio, pensé que se trataba de una invitación atrasada a alguna fiesta, o tal vez una estrategia mediocre de publicidad navideña. Pero al sacarla, me encontré con una imagen inesperada: un árbol de Navidad perfectamente decorado.

Las luces cálidas formaban una espiral que bajaba desde la punta hasta la base, las cintas rojas caían como si obedecieran a una regla precisa, y pequeños adornos de cristal colgaban de las ramas como si hubieran sido colocados por alguien obsesionado con el equilibrio. Todo en él era impecable, como sacado de un catálogo de lujo. Pero lo que más llamó mi atención no fue el árbol en sí, sino lo que faltaba.

Ni un solo regalo.

«Vaya, otro visionario minimalista», murmuré para mí misma, dejando la foto a un lado con una sonrisa sarcástica. Ya estaba a punto de tirarla junto con la publicidad de pizza a domicilio y los anuncios de descuentos en colchones, cuando algo en el reverso llamó mi atención: una frase escrita a mano.

«¿Todavía crees que fue culpa de los ratones?»

Texto e imagen: Nitrofoska
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El impacto fue inmediato. La frase era absurda, pero en su aparente inofensividad había algo perturbador, algo que encendió una chispa en mi memoria. No quería admitirlo, pero sabía exactamente a qué se refería.

Tenía nueve años cuando ocurrió. Era la víspera de Navidad, y mi madre, como cada año, había convertido nuestra casa en un escaparate navideño digno de una portada de revista. «Perfecto» era su palabra favorita para describirlo, aunque «perfecto» siempre significaba algo diferente para cada uno de nosotros. Para ella, perfecto era que el árbol estuviera tan alineado con las ventanas que los vecinos pudieran envidiarlo desde sus casas. Para mi padre, perfecto era que nadie le hablara mientras se refugiaba en la cocina con una botella de vino. Para mí, perfecto era que el mayor de los regalos bajo el árbol tuviera mi nombre y que, idealmente, fuera un pequeño piano eléctrico. Uno con teclas brillantes y sonidos que prometieran que, por un momento, podría crear algo mágico.

Esa noche, todo estaba dispuesto para que la perfección reinara. El árbol brillaba en el rincón del salón, rodeado de montones de cajas perfectamente envueltas con papel brillante y moños imposibles.

Pero entonces desaparecieron.

Lo noté al bajar de mi habitación. Era temprano, y el olor a pavo horneado llenaba la casa. El árbol estaba igual que siempre, resplandeciente, pero algo en él había cambiado. El espacio bajo las ramas estaba vacío, tan vacío que parecía un cuadro al que alguien hubiera borrado una parte esencial. Cuando lo señalé, mi madre palideció, mientras mi padre resoplaba con ese aire de hastío que parecía ser su estado natural.

«¡Han sido los ratones!», exclamó mi madre, agarrándose a esa idea con la misma intensidad con la que se aferraba a sus interminables listas de tareas. Desde el principio, la ocurrencia fue ridícula. ¿Ratones? ¿Ratones capaces de cargar cajas de medio metro envueltas en papel brillante y desaparecer sin dejar rastro? Pero nadie la contradijo.

Mi padre aprovechó la excusa para desaparecer también. Tomó una copa de vino de la mesa y murmuró algo sobre «el precio de vivir en una casa tan vieja». Mientras tanto, mi madre, decidida a resolver el «misterio», me obligó a arrodillarme y buscar pistas. Sí, pistas. Según ella, los ratones debían haber dejado migajas o trozos de papel rasgado.

Por supuesto, no encontramos nada. Bueno, casi nada. En un rincón detrás del sofá, descubrí una nota escrita con letra infantil:

«Si los regalos te importan tanto, es que no entendiste nada.»

Se la mostré a mi madre. Su rostro, ya tensado por la preocupación, adoptó una expresión diferente, una mezcla de alivio y algo que pudo haber sido vergüenza. Tomó la nota de mis manos, la leyó en silencio y luego, sin decir una palabra, la rompió en pedazos tan pequeños que ni un microscopio podría haberlos ensamblado de nuevo. «Una broma de tu hermano», dijo al fin, como si aquella explicación fuera suficiente para cerrar el caso.

Claro, mi hermano. El mismo que estaba a cientos de kilómetros en la universidad. Mi madre no era buena mintiendo, pero tampoco parecía querer esforzarse en hacerlo. Su reacción, sin embargo, fue inesperada. En lugar de continuar indignada por la desaparición de los regalos, se relajó. Fue casi imperceptible, un cambio en la rigidez de sus hombros, una suavidad en sus gestos. Como si aquella desaparición misteriosa hubiera aligerado un peso invisible que cargaba sobre ellos.

La cena transcurrió de manera inusual. Mi madre no mencionó más el tema de los regalos, aunque podía verla lanzar miradas furtivas hacia el árbol vacío. Mi padre, tras varias copas de vino, incluso pareció más sociable de lo habitual, ofreciendo comentarios absurdos sobre cómo los ratones estaban «mejor organizados que nunca». Y yo, aunque seguía sintiéndome confundida por todo lo que había ocurrido, me dejé llevar por la extraña serenidad que había llenado la casa.

Esa noche no hubo regalos, pero tampoco hubo discusiones. Nos sentamos alrededor del árbol vacío con nuestras bebidas en la mano, dejando que el silencio llenara los espacios entre nosotros. No fue incómodo, como había temido. Al contrario, fue casi agradable, como si la falta de expectativas nos hubiera liberado a todos. Cuando mi madre encendió un villancico en la radio, incluso mi padre salió de la cocina, tambaleándose ligeramente, y murmuró algo que sonó vagamente como un «Feliz Navidad».

Miro de nuevo la foto. Al fondo, puedo ver el reflejo de una niña en la ventana, su rostro lleno de una mezcla de confusión y maravilla.

Sin embargo, un detalle más llama mi atención. La forma en que las luces del árbol se reflejan en el cristal tiene algo extraño. No es solo mi rostro el que aparece. En la esquina del reflejo, apenas visible, puede verse la silueta de una caja. Y aunque no se distingue con claridad, sé lo que es: un pequeño piano eléctrico.

Me río en voz baja, como si la fotografía se burlara de mí, recordándome que no todo lo que desaparece se pierde para siempre. A veces.

©Nitrofoska

UN CUENTO DE NAVIDAD

La fotografía llegó en un sobre ordinario, sin remitente, con mi dirección escrita a mano. Era un sobre corriente, de esos que parecen cargados de facturas o propaganda, lo abrí sin mucho interés. Al principio, pensé que se trataba de una invitación atrasada a alguna fiesta, o tal vez una estrategia mediocre de publicidad navideña. Pero al sacarla, me encontré con una imagen inesperada: un árbol de Navidad perfectamente decorado.

Las luces cálidas formaban una espiral que bajaba desde la punta hasta la base, las cintas rojas caían como si obedecieran a una regla precisa, y pequeños adornos de cristal colgaban de las ramas como si hubieran sido colocados por alguien obsesionado con el equilibrio. Todo en él era impecable, como sacado de un catálogo de lujo. Pero lo que más llamó mi atención no fue el árbol en sí, sino lo que faltaba.

Ni un solo regalo.

«Vaya, otro visionario minimalista», murmuré para mí misma, dejando la foto a un lado con una sonrisa sarcástica. Ya estaba a punto de tirarla junto con la publicidad de pizza a domicilio y los anuncios de descuentos en colchones, cuando algo en el reverso llamó mi atención: una frase escrita a mano.

«¿Todavía crees que fue culpa de los ratones?»

Texto e imagen: Nitrofoska
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El impacto fue inmediato. La frase era absurda, pero en su aparente inofensividad había algo perturbador, algo que encendió una chispa en mi memoria. No quería admitirlo, pero sabía exactamente a qué se refería.

Tenía nueve años cuando ocurrió. Era la víspera de Navidad, y mi madre, como cada año, había convertido nuestra casa en un escaparate navideño digno de una portada de revista. «Perfecto» era su palabra favorita para describirlo, aunque «perfecto» siempre significaba algo diferente para cada uno de nosotros. Para ella, perfecto era que el árbol estuviera tan alineado con las ventanas que los vecinos pudieran envidiarlo desde sus casas. Para mi padre, perfecto era que nadie le hablara mientras se refugiaba en la cocina con una botella de vino. Para mí, perfecto era que el mayor de los regalos bajo el árbol tuviera mi nombre y que, idealmente, fuera un pequeño piano eléctrico. Uno con teclas brillantes y sonidos que prometieran que, por un momento, podría crear algo mágico.

Esa noche, todo estaba dispuesto para que la perfección reinara. El árbol brillaba en el rincón del salón, rodeado de montones de cajas perfectamente envueltas con papel brillante y moños imposibles.

Pero entonces desaparecieron.

Lo noté al bajar de mi habitación. Era temprano, y el olor a pavo horneado llenaba la casa. El árbol estaba igual que siempre, resplandeciente, pero algo en él había cambiado. El espacio bajo las ramas estaba vacío, tan vacío que parecía un cuadro al que alguien hubiera borrado una parte esencial. Cuando lo señalé, mi madre palideció, mientras mi padre resoplaba con ese aire de hastío que parecía ser su estado natural.

«¡Han sido los ratones!», exclamó mi madre, agarrándose a esa idea con la misma intensidad con la que se aferraba a sus interminables listas de tareas. Desde el principio, la ocurrencia fue ridícula. ¿Ratones? ¿Ratones capaces de cargar cajas de medio metro envueltas en papel brillante y desaparecer sin dejar rastro? Pero nadie la contradijo.

Mi padre aprovechó la excusa para desaparecer también. Tomó una copa de vino de la mesa y murmuró algo sobre «el precio de vivir en una casa tan vieja». Mientras tanto, mi madre, decidida a resolver el «misterio», me obligó a arrodillarme y buscar pistas. Sí, pistas. Según ella, los ratones debían haber dejado migajas o trozos de papel rasgado.

Por supuesto, no encontramos nada. Bueno, casi nada. En un rincón detrás del sofá, descubrí una nota escrita con letra infantil:

«Si los regalos te importan tanto, es que no entendiste nada.»

Se la mostré a mi madre. Su rostro, ya tensado por la preocupación, adoptó una expresión diferente, una mezcla de alivio y algo que pudo haber sido vergüenza. Tomó la nota de mis manos, la leyó en silencio y luego, sin decir una palabra, la rompió en pedazos tan pequeños que ni un microscopio podría haberlos ensamblado de nuevo. «Una broma de tu hermano», dijo al fin, como si aquella explicación fuera suficiente para cerrar el caso.

Claro, mi hermano. El mismo que estaba a cientos de kilómetros en la universidad. Mi madre no era buena mintiendo, pero tampoco parecía querer esforzarse en hacerlo. Su reacción, sin embargo, fue inesperada. En lugar de continuar indignada por la desaparición de los regalos, se relajó. Fue casi imperceptible, un cambio en la rigidez de sus hombros, una suavidad en sus gestos. Como si aquella desaparición misteriosa hubiera aligerado un peso invisible que cargaba sobre ellos.

La cena transcurrió de manera inusual. Mi madre no mencionó más el tema de los regalos, aunque podía verla lanzar miradas furtivas hacia el árbol vacío. Mi padre, tras varias copas de vino, incluso pareció más sociable de lo habitual, ofreciendo comentarios absurdos sobre cómo los ratones estaban «mejor organizados que nunca». Y yo, aunque seguía sintiéndome confundida por todo lo que había ocurrido, me dejé llevar por la extraña serenidad que había llenado la casa.

Esa noche no hubo regalos, pero tampoco hubo discusiones. Nos sentamos alrededor del árbol vacío con nuestras bebidas en la mano, dejando que el silencio llenara los espacios entre nosotros. No fue incómodo, como había temido. Al contrario, fue casi agradable, como si la falta de expectativas nos hubiera liberado a todos. Cuando mi madre encendió un villancico en la radio, incluso mi padre salió de la cocina, tambaleándose ligeramente, y murmuró algo que sonó vagamente como un «Feliz Navidad».

Miro de nuevo la foto. Al fondo, puedo ver el reflejo de una niña en la ventana, su rostro lleno de una mezcla de confusión y maravilla.

Sin embargo, un detalle más llama mi atención. La forma en que las luces del árbol se reflejan en el cristal tiene algo extraño. No es solo mi rostro el que aparece. En la esquina del reflejo, apenas visible, puede verse la silueta de una caja. Y aunque no se distingue con claridad, sé lo que es: un pequeño piano eléctrico.

Me río en voz baja, como si la fotografía se burlara de mí, recordándome que no todo lo que desaparece se pierde para siempre. A veces.

©Nitrofoska

domingo, 22 de diciembre de 2024

FLOTAR

Hola, androides, ¿cómo va hoy el vuelo?

Foto: Tommaso Carrara @gettons
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FLOTAR

Hola, androides, ¿cómo va hoy el vuelo?

Foto: Tommaso Carrara @gettons
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viernes, 20 de diciembre de 2024

ÁLBUM AQVO

Hola, androides! Hoy os traigo imágenes y vídeos de mi reciente exposición en la Galería Iturria de Cadaqués, comisariada por Margarita Aizpuru. 

¡Sí!, agrupadas en un bonito álbum. También podéis ver la propia obra, hermosas piezas gráficas de metacrilato y aluminio dibond que os pueden venir muy bien si estáis pensando en algún regalo que se salga de la órbita sistemática, atolondrada y torpe. 

A disfrutaar!!!

>>Puedes ver el álbum en este ENLACE

SEGUIR A FLOTE, una de las obras de la muestra 
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ÁLBUM AQVO

Hola, androides! Hoy os traigo imágenes y vídeos de mi reciente exposición en la Galería Iturria de Cadaqués, comisariada por Margarita Aizpuru. 

¡Sí!, agrupadas en un bonito álbum. También podéis ver la propia obra, hermosas piezas gráficas de metacrilato y aluminio dibond que os pueden venir muy bien si estáis pensando en algún regalo que se salga de la órbita sistemática, atolondrada y torpe. 

A disfrutaar!!!

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miércoles, 18 de diciembre de 2024

PALO SANTO

Buenos días, humanoides, ¿cómo van vuestras cosas?

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PALO SANTO

Buenos días, humanoides, ¿cómo van vuestras cosas?

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lunes, 16 de diciembre de 2024

LITERACCIÓN

Hola, androides! Algo está pasando en la órbita LITERACCIÓN. Les traigo fotos. 

¡Pronto vídeoO!

De izda. a drcha: Federico Duplá, Max Nitrofoska,
Luis Lamadrid, Carolina Yavén, Paco Utray
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Carolina Yavén a 6 metros de altura,
encaramada al mástil chino.
Foto: Mimisme
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Foto: Federico Duplá
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LITERACCIÓN

Hola, androides! Algo está pasando en la órbita LITERACCIÓN. Les traigo fotos. 

¡Pronto vídeoO!

De izda. a drcha: Federico Duplá, Max Nitrofoska,
Luis Lamadrid, Carolina Yavén, Paco Utray
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Carolina Yavén a 6 metros de altura,
encaramada al mástil chino.
Foto: Mimisme
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sábado, 14 de diciembre de 2024

EL EXPERIMENTO

Nunca he confiado en los experimentos sociales. Si algo me enseñaron los años —años de trabajos absurdos, citas fracasadas y noches en vela frente a pantallas vacías—, es que la naturaleza humana se defiende de la verdad con un celo impresionante. Sin embargo, allí estaba, sentada en un sofá incómodo, frente a un hombre que me observaba con una mezcla de curiosidad y desdén. No era un científico ni un filósofo, apenas un empleado más de la agencia. Su camisa estaba arrugada, y llevaba las gafas torcidas sobre la nariz. No podía decidir si me irritaba su presencia o si era un alivio que alguien en aquella sala se mostrara tan humano como yo.

Texto e imágenes: Nitrofoska
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El experimento tenía reglas claras: durante tres días, debía comportarme como si amara a un completo desconocido. No se trataba de coquetear ni de escenificar un romance convencional. «Amar» era la palabra clave, repetida obsesivamente en los formularios y en las instrucciones. Amar como se ama de verdad, como si el alma misma estuviera en juego. Me pareció un concepto ridículo, después de todo, ¿qué sabían ellos sobre el amor? A veces ni siquiera estoy segura de saberlo yo.

El hombre al otro lado de la habitación, mi «pareja asignada», era más joven de lo que esperaba. Su cabello desordenado y su chaqueta demasiado ajustada sugerían a alguien acostumbrado a una vida precaria pero no carente de vanidad. Me miraba como quien examina un objeto en una vitrina, intentando decidir si merece la pena su precio. No recuerdo haber escuchado su nombre con atención, y él tampoco pareció interesado en recordar el mío.

«Es sencillo», había dicho el coordinador antes de encerrarnos en aquel pequeño apartamento de alquiler. «Hablen, toquen, cocinen juntos. Si surge un conflicto, háblenlo. Y, por favor, recuerden que todo está grabado». Esa última frase se deslizó entre nosotros como una presencia ominosa, una sombra que lo contaminaba todo. Las cámaras, camufladas en las esquinas, eran discretas pero no invisibles, su función no era observarnos, sino recordarnos que estábamos siendo observados.

Al principio intentamos cumplir con lo mínimo. Las primeras horas se llenaron de silencios incómodos, frases hechas y preguntas superficiales. Me sorprendió descubrir que no me molestaba tanto su compañía como el eco de mis propias palabras. ¿Cuántas veces había dicho lo mismo, con las mismas pausas exactas, en otros escenarios, a otras personas? Cuando hablamos de nuestras vidas —trabajos mediocres, relaciones pasadas—, sentí que estábamos improvisando diálogos para una obra que ninguno deseaba protagonizar.

Fue en la primera noche cuando ocurrió algo inesperado. Estábamos sentados a la mesa, cenando pasta fría que él había preparado sin entusiasmo, cuando mencioné a mi ex pareja. Lo hice sin intención, casi por reflejo, como quien toca una herida vieja para comprobar si aún duele. Él escuchó en silencio y, tras una breve pausa, confesó algo similar: un matrimonio fallido, dos años de peleas y una separación definitiva. Su voz no tenía ni rastro de amargura, pero había algo en sus palabras que me resultó terriblemente familiar. No era tristeza, sino resignación, una aceptación serena de que el amor, tal como lo concebimos, no es más que una ficción elaborada.

Esa conversación marcó un cambio. A la mañana siguiente, cuando lo vi preparando café en la pequeña cocina, sentí por primera vez un atisbo de algo que podría llamar simpatía. No amor, desde luego, pero algo cercano al respeto. Quizás fuera su forma de apartarse el cabello de la frente o la manera en que me ofreció el azúcar antes de servirse él mismo. En cualquier caso, me encontré deseando que hablara, que llenara el silencio con algo, cualquier cosa.

Cuando lo hizo, no fue exactamente lo que esperaba.

«¿Tú crees que esto funciona?», dijo mientras revolvía su taza. «Este experimento, quiero decir. ¿Crees que se puede amar a alguien porque sí, porque te lo piden?»

La pregunta me desarmó. Hasta ese momento, no había considerado el propósito real del experimento. Supuse que era un estudio más sobre las dinámicas humanas, uno de tantos, financiado por alguna universidad o instituto de investigación. Pero la palabra «amor» adquirió un peso diferente al escucharla en su voz, como si ahora me estuviera pidiendo una respuesta más profunda.

«No lo sé», respondí al fin, con la honestidad que nunca usé en mis relaciones reales. «Creo que el amor es… más complicado. Más caótico. No sé si puede fabricarse así, como si fuera un producto en serie.»

«Pero lo estamos intentando, ¿no?» Su sonrisa era irónica, casi cruel, pero sus ojos eran sinceros. «Estamos aquí, fingiendo que esto tiene sentido. Quizá eso sea suficiente.»

No respondí. No porque no tuviera nada que decir, sino porque, por primera vez, sentí que entendía lo que realmente estábamos haciendo allí. No estábamos intentando amar. Estábamos intentando convencer a alguien —a las cámaras, a nosotros mismos— de que el amor aún podía existir.

La segunda noche fue distinta. No podría explicar exactamente qué cambió, pero había algo en el aire, algo más pesado. Quizá fuera el silencio, o el hecho de que el día había transcurrido sin apenas contacto físico. Intentamos hacer lo que el manual sugería: cocinar juntos, intercambiar anécdotas. Incluso jugamos a un juego de cartas que encontramos en un cajón del armario, una actividad que me pareció tan absurda como inofensiva. Pero al caer la noche, ambos éramos más conscientes que nunca de lo que nos faltaba.

La distancia se sentía como un vacío tangible. No había ternura en nuestras palabras ni complicidad en nuestras acciones. Y sin embargo, el experimento seguía su curso, como si la mera acumulación de minutos juntos pudiera transformar la indiferencia en algo significativo.

Fue él quien dio el primer paso hacia lo que podría llamarse el núcleo del experimento. Después de la cena, se sentó en el sofá y me invitó a acompañarlo. Su invitación era más que un gesto, era un desafío. Me senté a su lado, cruzando los brazos por instinto, como si mi cuerpo supiera que debía protegerse.

«Si realmente quisiéramos», dijo de repente, sin mirarme, «podríamos hacerlo. Podríamos fingirlo todo. Podríamos darles lo que buscan. Una historia perfecta. ¿No crees?».

Su voz tenía un tono que me desconcertó. No era acusador, ni siquiera cínico. Era más bien… melancólico. Lo miré, buscando en su rostro alguna pista sobre lo que realmente quería decir. Pero su expresión era impenetrable.

«¿Y por qué haríamos eso?», respondí. Mi voz sonó más seca de lo que esperaba.

«Porque es más fácil», dijo, y entonces me miró. «Porque al final, lo único que esperan de nosotros es que les confirmemos lo que ya creen. Que el amor puede simularse. Que es una ecuación que se resuelve con tiempo y cercanía. Quizá tengan razón.»

La última frase quedó suspendida en el aire, cargada de una duda que no me atreví a cuestionar. En lugar de responder, me dejé caer hacia atrás, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá. Las cámaras estaban allí, como siempre, observándonos desde ángulos que ya habíamos olvidado. Por un momento, me pregunté qué sería más interesante para los que nos miraban: el conflicto que no existía entre nosotros o la calma que fingíamos mantener.

Entonces ocurrió algo inesperado. Él se inclinó hacia mí y tomó mi mano. Su contacto no fue suave ni afectuoso, fue casi torpe, como si estuviera probando algo por primera vez. No lo aparté. No porque quisiera corresponderle, sino porque quería saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Sentí cómo sus dedos rozaban los míos, cómo su pulgar trazaba un círculo lento sobre mi palma.

«¿Es esto lo que quieren?», pregunté, en un tono que no pude evitar que sonara hostil. «¿Que actuemos como si esto tuviera algún sentido?».

«No lo sé», dijo, y soltó mi mano con la misma lentitud con la que la había tomado. «Pero si nadie está mirando, ¿qué más da? Puede que sea lo único real que nos quede.»

No dije nada más esa noche. Cuando me fui a la cama, lo escuché moverse en la sala, quizás acomodándose en el sofá, quizá simplemente evitando el sueño. Me quedé despierta más de lo que hubiera querido, sintiendo el calor residual de su mano en la mía. No era amor, ni siquiera deseo. Era algo más elemental, algo que no sabía si debía rechazar o aceptar.

La tercera y última mañana comenzó con una claridad inusual. El cielo estaba despejado, y la luz inundaba el pequeño apartamento. Cuando me desperté, él ya estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia fuera. Su silueta parecía más sólida, como si en esas últimas horas hubiera encontrado un propósito que yo aún no podía discernir.

«Hoy termina, ¿verdad?» Su voz era baja, como si no quisiera perturbar el aire entre nosotros.

«Sí», respondí desde la cama, aún con el cuerpo pesado por el sueño. «Hoy termina.»

No añadió nada más. Pero en su silencio, algo en mi interior comenzó a resquebrajarse. Tal vez era la certeza de que, después de esto, nuestras vidas volverían a ser lo que siempre habían sido: líneas paralelas que nunca se cruzarían de nuevo.

Cuando llegó la tarde, nos encontrábamos sentados uno frente al otro, separados por la mesa donde había quedado el eco de nuestras conversaciones. Había algo solemne en el ambiente, como si el apartamento, con sus muebles impersonales y sus cámaras ocultas, compartiera nuestro conocimiento de que el final estaba cerca. No hablamos mucho. Tal vez porque no queríamos romper el frágil equilibrio que habíamos construido en esos días.

Fue él quien rompió el silencio.

«¿Sabes? Creo que esto no es realmente sobre el amor. Ni siquiera sobre nosotros.» Su voz era tranquila, pero había una intensidad contenida que me obligó a levantar la vista. «Creo que solo están esperando que fracasemos.»

Lo observé detenidamente, buscando señales de ironía, pero su expresión era impenetrable. «¿Y si no fracasamos?» pregunté, sin saber realmente qué quería decir con eso.

«No creo que eso importe.» Su sonrisa era leve, casi imperceptible. «Ellos ya tienen su respuesta. Tal vez la tenían incluso antes de que comenzáramos.»

Las palabras flotaron entre nosotros, y durante un momento me sentí extrañamente conectada a él, como si compartiéramos una complicidad que iba más allá de lo que las cámaras podían registrar. Me pregunté si esa era la verdadera naturaleza del amor: no el deseo ni la pasión, sino la simple conexión, efímera y contingente, que surge cuando dos personas reconocen la soledad del otro.

El coordinador llegó al anochecer. Su presencia, con su camisa arrugada y sus movimientos torpes, rompió la burbuja que habíamos creado. Nos informó de que el experimento había concluido y pronto recibiríamos un correo con los resultados preliminares. Su tono era profesional, clínico. No nos preguntó cómo nos sentíamos ni si queríamos añadir algo a los datos que habían recopilado. Supuse que eso no era relevante para ellos.

Cuando llegó el momento de separarnos, no hubo abrazos ni palabras de despedida. Él recogió su chaqueta y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se giró y me miró por última vez.

«Fue interesante, al menos», dijo, y luego se marchó.

Me quedé en el apartamento un rato más, como si necesitara procesar lo que había ocurrido. Cuando finalmente me levanté para irme, me detuve frente a una de las cámaras y la miré fijamente. No sé por qué lo hice. Tal vez para recordarles que yo también había estado observando, que no eran los únicos que tenían preguntas.

Salí a la calle. El aire era fresco, y las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia. Por un instante, me pregunté qué habría pasado si hubiera intentado algo más, si me hubiera permitido cruzar esa línea invisible entre lo que fingimos y lo que sentimos realmente. Pero el pensamiento desapareció tan rápido como había llegado.

©Nitrofoska

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EL EXPERIMENTO

Nunca he confiado en los experimentos sociales. Si algo me enseñaron los años —años de trabajos absurdos, citas fracasadas y noches en vela frente a pantallas vacías—, es que la naturaleza humana se defiende de la verdad con un celo impresionante. Sin embargo, allí estaba, sentada en un sofá incómodo, frente a un hombre que me observaba con una mezcla de curiosidad y desdén. No era un científico ni un filósofo, apenas un empleado más de la agencia. Su camisa estaba arrugada, y llevaba las gafas torcidas sobre la nariz. No podía decidir si me irritaba su presencia o si era un alivio que alguien en aquella sala se mostrara tan humano como yo.

Texto e imágenes: Nitrofoska
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El experimento tenía reglas claras: durante tres días, debía comportarme como si amara a un completo desconocido. No se trataba de coquetear ni de escenificar un romance convencional. «Amar» era la palabra clave, repetida obsesivamente en los formularios y en las instrucciones. Amar como se ama de verdad, como si el alma misma estuviera en juego. Me pareció un concepto ridículo, después de todo, ¿qué sabían ellos sobre el amor? A veces ni siquiera estoy segura de saberlo yo.

El hombre al otro lado de la habitación, mi «pareja asignada», era más joven de lo que esperaba. Su cabello desordenado y su chaqueta demasiado ajustada sugerían a alguien acostumbrado a una vida precaria pero no carente de vanidad. Me miraba como quien examina un objeto en una vitrina, intentando decidir si merece la pena su precio. No recuerdo haber escuchado su nombre con atención, y él tampoco pareció interesado en recordar el mío.

«Es sencillo», había dicho el coordinador antes de encerrarnos en aquel pequeño apartamento de alquiler. «Hablen, toquen, cocinen juntos. Si surge un conflicto, háblenlo. Y, por favor, recuerden que todo está grabado». Esa última frase se deslizó entre nosotros como una presencia ominosa, una sombra que lo contaminaba todo. Las cámaras, camufladas en las esquinas, eran discretas pero no invisibles, su función no era observarnos, sino recordarnos que estábamos siendo observados.

Al principio intentamos cumplir con lo mínimo. Las primeras horas se llenaron de silencios incómodos, frases hechas y preguntas superficiales. Me sorprendió descubrir que no me molestaba tanto su compañía como el eco de mis propias palabras. ¿Cuántas veces había dicho lo mismo, con las mismas pausas exactas, en otros escenarios, a otras personas? Cuando hablamos de nuestras vidas —trabajos mediocres, relaciones pasadas—, sentí que estábamos improvisando diálogos para una obra que ninguno deseaba protagonizar.

Fue en la primera noche cuando ocurrió algo inesperado. Estábamos sentados a la mesa, cenando pasta fría que él había preparado sin entusiasmo, cuando mencioné a mi ex pareja. Lo hice sin intención, casi por reflejo, como quien toca una herida vieja para comprobar si aún duele. Él escuchó en silencio y, tras una breve pausa, confesó algo similar: un matrimonio fallido, dos años de peleas y una separación definitiva. Su voz no tenía ni rastro de amargura, pero había algo en sus palabras que me resultó terriblemente familiar. No era tristeza, sino resignación, una aceptación serena de que el amor, tal como lo concebimos, no es más que una ficción elaborada.

Esa conversación marcó un cambio. A la mañana siguiente, cuando lo vi preparando café en la pequeña cocina, sentí por primera vez un atisbo de algo que podría llamar simpatía. No amor, desde luego, pero algo cercano al respeto. Quizás fuera su forma de apartarse el cabello de la frente o la manera en que me ofreció el azúcar antes de servirse él mismo. En cualquier caso, me encontré deseando que hablara, que llenara el silencio con algo, cualquier cosa.

Cuando lo hizo, no fue exactamente lo que esperaba.

«¿Tú crees que esto funciona?», dijo mientras revolvía su taza. «Este experimento, quiero decir. ¿Crees que se puede amar a alguien porque sí, porque te lo piden?»

La pregunta me desarmó. Hasta ese momento, no había considerado el propósito real del experimento. Supuse que era un estudio más sobre las dinámicas humanas, uno de tantos, financiado por alguna universidad o instituto de investigación. Pero la palabra «amor» adquirió un peso diferente al escucharla en su voz, como si ahora me estuviera pidiendo una respuesta más profunda.

«No lo sé», respondí al fin, con la honestidad que nunca usé en mis relaciones reales. «Creo que el amor es… más complicado. Más caótico. No sé si puede fabricarse así, como si fuera un producto en serie.»

«Pero lo estamos intentando, ¿no?» Su sonrisa era irónica, casi cruel, pero sus ojos eran sinceros. «Estamos aquí, fingiendo que esto tiene sentido. Quizá eso sea suficiente.»

No respondí. No porque no tuviera nada que decir, sino porque, por primera vez, sentí que entendía lo que realmente estábamos haciendo allí. No estábamos intentando amar. Estábamos intentando convencer a alguien —a las cámaras, a nosotros mismos— de que el amor aún podía existir.

La segunda noche fue distinta. No podría explicar exactamente qué cambió, pero había algo en el aire, algo más pesado. Quizá fuera el silencio, o el hecho de que el día había transcurrido sin apenas contacto físico. Intentamos hacer lo que el manual sugería: cocinar juntos, intercambiar anécdotas. Incluso jugamos a un juego de cartas que encontramos en un cajón del armario, una actividad que me pareció tan absurda como inofensiva. Pero al caer la noche, ambos éramos más conscientes que nunca de lo que nos faltaba.

La distancia se sentía como un vacío tangible. No había ternura en nuestras palabras ni complicidad en nuestras acciones. Y sin embargo, el experimento seguía su curso, como si la mera acumulación de minutos juntos pudiera transformar la indiferencia en algo significativo.

Fue él quien dio el primer paso hacia lo que podría llamarse el núcleo del experimento. Después de la cena, se sentó en el sofá y me invitó a acompañarlo. Su invitación era más que un gesto, era un desafío. Me senté a su lado, cruzando los brazos por instinto, como si mi cuerpo supiera que debía protegerse.

«Si realmente quisiéramos», dijo de repente, sin mirarme, «podríamos hacerlo. Podríamos fingirlo todo. Podríamos darles lo que buscan. Una historia perfecta. ¿No crees?».

Su voz tenía un tono que me desconcertó. No era acusador, ni siquiera cínico. Era más bien… melancólico. Lo miré, buscando en su rostro alguna pista sobre lo que realmente quería decir. Pero su expresión era impenetrable.

«¿Y por qué haríamos eso?», respondí. Mi voz sonó más seca de lo que esperaba.

«Porque es más fácil», dijo, y entonces me miró. «Porque al final, lo único que esperan de nosotros es que les confirmemos lo que ya creen. Que el amor puede simularse. Que es una ecuación que se resuelve con tiempo y cercanía. Quizá tengan razón.»

La última frase quedó suspendida en el aire, cargada de una duda que no me atreví a cuestionar. En lugar de responder, me dejé caer hacia atrás, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá. Las cámaras estaban allí, como siempre, observándonos desde ángulos que ya habíamos olvidado. Por un momento, me pregunté qué sería más interesante para los que nos miraban: el conflicto que no existía entre nosotros o la calma que fingíamos mantener.

Entonces ocurrió algo inesperado. Él se inclinó hacia mí y tomó mi mano. Su contacto no fue suave ni afectuoso, fue casi torpe, como si estuviera probando algo por primera vez. No lo aparté. No porque quisiera corresponderle, sino porque quería saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Sentí cómo sus dedos rozaban los míos, cómo su pulgar trazaba un círculo lento sobre mi palma.

«¿Es esto lo que quieren?», pregunté, en un tono que no pude evitar que sonara hostil. «¿Que actuemos como si esto tuviera algún sentido?».

«No lo sé», dijo, y soltó mi mano con la misma lentitud con la que la había tomado. «Pero si nadie está mirando, ¿qué más da? Puede que sea lo único real que nos quede.»

No dije nada más esa noche. Cuando me fui a la cama, lo escuché moverse en la sala, quizás acomodándose en el sofá, quizá simplemente evitando el sueño. Me quedé despierta más de lo que hubiera querido, sintiendo el calor residual de su mano en la mía. No era amor, ni siquiera deseo. Era algo más elemental, algo que no sabía si debía rechazar o aceptar.

La tercera y última mañana comenzó con una claridad inusual. El cielo estaba despejado, y la luz inundaba el pequeño apartamento. Cuando me desperté, él ya estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia fuera. Su silueta parecía más sólida, como si en esas últimas horas hubiera encontrado un propósito que yo aún no podía discernir.

«Hoy termina, ¿verdad?» Su voz era baja, como si no quisiera perturbar el aire entre nosotros.

«Sí», respondí desde la cama, aún con el cuerpo pesado por el sueño. «Hoy termina.»

No añadió nada más. Pero en su silencio, algo en mi interior comenzó a resquebrajarse. Tal vez era la certeza de que, después de esto, nuestras vidas volverían a ser lo que siempre habían sido: líneas paralelas que nunca se cruzarían de nuevo.

Cuando llegó la tarde, nos encontrábamos sentados uno frente al otro, separados por la mesa donde había quedado el eco de nuestras conversaciones. Había algo solemne en el ambiente, como si el apartamento, con sus muebles impersonales y sus cámaras ocultas, compartiera nuestro conocimiento de que el final estaba cerca. No hablamos mucho. Tal vez porque no queríamos romper el frágil equilibrio que habíamos construido en esos días.

Fue él quien rompió el silencio.

«¿Sabes? Creo que esto no es realmente sobre el amor. Ni siquiera sobre nosotros.» Su voz era tranquila, pero había una intensidad contenida que me obligó a levantar la vista. «Creo que solo están esperando que fracasemos.»

Lo observé detenidamente, buscando señales de ironía, pero su expresión era impenetrable. «¿Y si no fracasamos?» pregunté, sin saber realmente qué quería decir con eso.

«No creo que eso importe.» Su sonrisa era leve, casi imperceptible. «Ellos ya tienen su respuesta. Tal vez la tenían incluso antes de que comenzáramos.»

Las palabras flotaron entre nosotros, y durante un momento me sentí extrañamente conectada a él, como si compartiéramos una complicidad que iba más allá de lo que las cámaras podían registrar. Me pregunté si esa era la verdadera naturaleza del amor: no el deseo ni la pasión, sino la simple conexión, efímera y contingente, que surge cuando dos personas reconocen la soledad del otro.

El coordinador llegó al anochecer. Su presencia, con su camisa arrugada y sus movimientos torpes, rompió la burbuja que habíamos creado. Nos informó de que el experimento había concluido y pronto recibiríamos un correo con los resultados preliminares. Su tono era profesional, clínico. No nos preguntó cómo nos sentíamos ni si queríamos añadir algo a los datos que habían recopilado. Supuse que eso no era relevante para ellos.

Cuando llegó el momento de separarnos, no hubo abrazos ni palabras de despedida. Él recogió su chaqueta y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se giró y me miró por última vez.

«Fue interesante, al menos», dijo, y luego se marchó.

Me quedé en el apartamento un rato más, como si necesitara procesar lo que había ocurrido. Cuando finalmente me levanté para irme, me detuve frente a una de las cámaras y la miré fijamente. No sé por qué lo hice. Tal vez para recordarles que yo también había estado observando, que no eran los únicos que tenían preguntas.

Salí a la calle. El aire era fresco, y las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia. Por un instante, me pregunté qué habría pasado si hubiera intentado algo más, si me hubiera permitido cruzar esa línea invisible entre lo que fingimos y lo que sentimos realmente. Pero el pensamiento desapareció tan rápido como había llegado.

©Nitrofoska

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